<<<opinió

Atado y bien atado

*Un artículo de Francisco González Paredes

 

Garzón pidió el certificado de muerte de Francisco Franco. Tenía motivos para dudar de su fallecimiento, pero creo que le dieron un papel falso. A ver sino como se entiende que un 20N más los periódicos aún lo tengan por noticia. Porque Franco sigue vivo, peligrosamente vivo.

Me lo encuentro en esas estatuas que galopan en las plazas de la península o incluso en las de aquí donde, aunque sin estatua, había Plaza del Caudillo.

El dictador sobrevive en las sentencias de algunos –muchos, demasiados– jueces. Perdura en la frecuente impunidad de la policía y en la opacidad de los ejércitos o en las conversaciones de las salas de banderas de los cuarteles.

Lo veo en el rey y en las declaraciones de su consorte. Lo sigo viendo cada verano en el usurpado pazo de Meirás. Me lo encuentro en ginecólogos y en farmacias sin condones, en historiadores y tertulianos.

Pero sobre todo en la religión, en los delirantes e injustificables dineros que a la iglesia se regalan, en las clases de religión de las escuelas laicas o en el crucifijo, con cadáver incluido, que aún hoy preside el pleno del ayuntamiento de mi pueblo. Lo oigo a diario en la COPE y lo veo en carne y hueso cuando su nieta baila en la televisión pública pagada con nuestro dinero sin más justificación que ser nieta de quien es.

Aquel golpista está en el águila –gallina para muchos– que sigue amenazando con su vuelo imperial desde fachadas (con perdón) y hasta desde fuentes públicas, o nos lo encontramos dando una vuelta por Sa Faxina.

El propio Franco se pasea mucho por Valencia, entre provocadoras canonizaciones masivas de supuestos mártires de su Alzamiento Nacional e impunes skin heads apaleadores de moros y separatistas. Su presencia sigue viva en el Valle de los Caídos pero también en las secretas y bien cerradas fosas comunes. Y por desgracia sigue aún demasiado vivo con extraordinaria placidez en los apellidos de algún partido político, pero también en la placa parlamentaria de la monja Maravillas.

 

Franco aún habita entre nosotros y, como buen fantasma, atraviesa puertas y se cuela por resquicios a veces imperceptibles. No era listo, pero era astuto. Avisó de que dejaba todo atado y bien atado, y nos reímos de ello en medio de los densos vapores de la movida madrileña, allá por los 80. Un tercio de siglo después de su supuesta muerte habrá que empezar a sospechar que lo infravaloramos.

 

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