Salvador Allende

 

 

La sangre por las calles, de Salvador Bastida, Jaume Carbonero, Josep Quetglas, Ignasi Ribas, Gabriel Sevilla, Manuel Cámara, J. M. Carbonero. Publicado originalmente el 11 de septiembre de 2013 en Última Hora, en la sección TRIBUNA.

Yo pisaré las calles nuevamente de lo que fue Santiago ensangrentada… Somos muchos los que no podemos escuchar la canción de Pablo Milanés sin un nudo en la garganta. Somos los que en la madrugada del 11 de septiembre de 1973 oíamos incrédulos, indignados, inconsolables, las radios que desgranaban una catarata imparable de desgracias: golpe militar contra el Gobierno legítimo de la Unidad Popular en Chile, bombardeo del Palacio de la Moneda. También la muerte, fusil en mano, del presidente Allende defendiendo la democracia. Y la represión brutal que desbordaba, de torturados y ejecutados, cárceles, haciendas, estadios de fútbol… Hoy hace cuarenta años y el nudo en la garganta sigue ahí.

 

Aquí, a la Lucecita de El Pardo ( Arias Navarro había querido darnos en TVE una metáfora entrañable del invicto Caudillo, pero se trocó en recordatorio cruel de aquella voz de vicetiple culona) le quedaban dos años de adhesiones inquebrantables y de fervorosos aplausos puesto en pie el hemiciclo. La universidad y las fábricas hervían olfateando el final de la larga noche de piedra. Chile era la esperanza: la unidad podía acabar derribando al tirano ( segur que tomba, tomba, tomba…), la democracia podía alumbrar un país más justo, los votos podían traer por vez primera el socialismo. Después de la vergüenza de Hungría y Praga, la izquierda sonreía con el ejemplo de un Allende que había nacionalizado la minería del cobre y comenzado a repartir con firmeza los latifundios tras haber sido elegido ( y era lo trascendente) por 153 diputados de un total de 195. Y todo se hizo pavesas aquel 11 de septiembre.

 

Chile era en el 73 la tragedia del mundo, pero nos laceraba aún más a nosotros porque España había sido la tragedia del mundo en el 36. Nadie como nosotros lo entendía. Qué escribir sobre el horror de Santiago si las palabras ya habían sido dichas casi cuarenta años antes por un chileno – no puede ser casualidad– que contemplaba también él con un nudo en la garganta el bombardeo franquista de Madrid. Y una mañana todo estaba ardiendo / y una mañana las hogueras / salían de la tierra / devorando seres, / y desde entonces fuego, / pólvora desde entonces, / y desde entonces sangre. […] // Generales / traidores: / mirad mi casa muerta, / mirad España rota. […] // Venid a ver la sangre por las calles, / venid a ver / la sangre por las calles, / venid a ver la sangre / por las calles! Era la voz de Neruda en 1936.

 

La conexión fue instantánea también desde la derecha. El franquismo reconoció alborozado a Pinochet como uno de los suyos y no ahorró esfuerzos para justificar en prensa y televisión los peores excesos represivos: el Ejército que fusilaba a demócratas era el garante de la democracia, los militares que torturaban salvajemente ( pobre Víctor Jara, las manos cortadas, ¿ te acuerdas, Amanda?) eran los defensores del humanismo cristiano frente a la barbarie marxista, los culpables de la sangre eran los que se desangraban. La música nos sonaba demasiado a los españoles y, lo que es peor, nos sigue todavía sonando a día de hoy interpretada por los mejores solistas del PP. Dos años después, la imagen de Pinochet, único mandatario extranjero presente, disfrazado de general golpista tras el ataúd de la Lucecita de El Pardo, selló para la eternidad de las hemerotecas la mutua admiración de dos canallas.

Volvimos a pisar las calles nuevamente en los años que siguieron, muy a pesar de Fraga, ese espejo de demócratas (¡ La calle es mía!). Las pisamos cuando los crímenes de los laboralistas de Atocha, las pisamos tras el 23- F, las pisamos cuando otro paradigma de demócratas, a la cabeza de su partido, nos metió en la guerra de Irak. Y siempre, siempre, hemos deseado sin fruto que se haga verdad aquí ( en Chile, el general Contreras, jefe de la Dina, la terrible policía política de Pinochet, cumple cadena perpetua por crímenes de lesa humanidad) la que es sin duda la estrofa más estremecedora de la canción: Retornarán los libros, las canciones que quemaron las manos asesinas. Renacerá mi pueblo de su ruina y pagarán su culpa los traidores.

 

 

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